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Tiene su origen este post, tan alejado en su temática y su tono de todos los que, hasta hoy, han sido sus antecedentes, en dos fuentes bien diferenciadas. La ocasión de ponerme a hablar, así, por las buenas, de los llamados -por el clero católico- pecados capitales la han propiciado los interesantes pareceres sobre la envidia mantenidos por tres de los comentaristas habituales del retablo: "Amadecasa", "Lansky" y "Veredas". Mientras que la ocurrencia de ponerlos a todos ellos en solfa, a los siete, en relación con los que son mis compatriotas -en realidad, resulta obvio, a los que pongo en solfa es a estos otros- no me la sugerido como cabría suponerse Fernando Díaz Plaja, sino otro Fernando, Sánchez Drago, cuyo último libro me he visto impelido a comprar en virtud de su temática; la misma, en el fondo, que la que igualmente viene a desarrollarse en el modesto ensayo que a continuación se les ofrece: el análisis de nuestros vicios peores y más arraigados.

SOBERBIA Más que soberbios somos obstinados, tercos. Terriblemente cerriles. Tómese en cuenta que el célebre "sostenella y no enmendalla" -atribuido nada menos que al Cid, uno de los contados personajes míticos de nuestro menguado imaginario de héroes- ha venido considerándose por estos pagos como una virtud y no como un defecto. Una soberbia, la nuestra, que probablemente nazca de la insatisfacción personal de una gran mayoria de nosotros. Nos sabemos... y nos sentimos -o terminamos por créernoslo en la medida que lo sentimos- inferiores, jamás lo manifestamos, y ese vergonzante complejo de inferioridad que padecemos nos lleva a desconfiar, menospreciándolo, de todo lo que nos resulta extraño "... unas gentes que desprecian lo que desconocen" mantenía acerca de sus compatriotas, don Miguel de Unamuno. Y es, a mi juicio, justo esta desafección hacia lo ajeno -hacia "lo otro"- lo que nos aboca a la arrogancia. Una arrogancia gracias a la cual vamos a poder permitirnos el desinterés por comprender, por saber más. Una coartada hecha a la medida de nuestra desidia -pero de esto ya hablaremos al final del artículo- para poder seguir viviendo en la inopia. Yo diría qué sí, que somos muy arrogantes. Y autocomplacientes. Y ni siquiera lo reconocemos. ¿Lo sabemos al menos?.

AVARICIA No pienso que seamos especialmente avariciosos. Más bien creo que tendemos a la generosidad, máxime cuando nuestros beneficiarios hayan de ser desconocidos. Entre nosotros mismos, tal vez algo menos. En cualquier caso la avaricia nuestra es en buena medida ahijada de la pobreza, de nuestra escasez, la provoca el recuerdo de otras épocas pasadas de penurias y el orgullo de revancha, los ecos de la pobreza de otros tiempos y el temor a su retorno. Si bien -ya lo he dicho- en líneas generales pienso que somos austeros y que cuando incurrimos en el exceso más es por una cuestión de ostentación, por exhibir ante el prójimo una boyantía aparente, que por el ansia propia de disfrutar de una vida más opulenta.

LUJURIA Cero pelotero. Para caer en ella, las "circunstancias" orteguianas de nuestros "yoes", ni físicas ni sociológicas -y a lo mejor estás últimas no son sino una consecuencia ineludible de las otras- acompañan en demasía. Al cabo de los siglos, un señor que era feo, católico y sentimental se decidió a caracterizarnos a todos, como grupo, bajo ese trío de epítetos. Y si ninguno de ellos, por separado, resulta ser buen abono para hacer prosperar la simiente de la lujuria, discúlpesenos lo facilón del simil, la superposición de los tres, casi, casi, que la aniquila. Sumémosle a todo ello la irreprimible tendencia hacia el totalitarismo ideológico: la intolerancia, que campea por estos territorios, y concluiremos que el nuestro es uno de los lugares del mundo en los que más dificil resulta echar un polvo.

IRA De uno en uno me parece que somos bastante templados, incluso pacientes, acostumbrados como estamos, desde chiquitines, a tratarnos unos a otros con brusquedad, casi sin ninguna cortesía. En grupo nos transformamos en ogros, en las mismísimas furias; una calamidad. Dando por sentado que la razón ya la tenemos, estamos casi siempre más que dispuestos si contamos con la fueza de nuestra parte -si no, no- a sacudirle al prójimo un buen trompazo y hasta a despenarlo, si anda la política por medio y se da el caso. Así que... en tropel, y armando bulla, iracundos como vikingos borrachos, de uno en uno y cuerpo a cuerpo bastante menos dados a permitir que la sangre llegue al río. Remachar todo esto con otra curiosidad muy nuestra, algo que a mi me resulta pasmoso, la de que solemos cabrearnos más ante los percances que nos llegan a causa de fuerza mayor o de manera fortuita que ante los que tienen su origen en la ineptitud o la negligencia nuestras o, incluso, de un tercero.

GULA Decididamente la gula no es nuestro pecado. En general somos bastante rudimentarios cuando se trata de guisar y, en la misma medida, sobrios y complacientes como pocos si es de comer de lo que hablamos. Al punto de llegar a considerarse aquí como signos de mala educación los de criticar la calidad o la preparación de las comidas o hablar de gastronomía con otros comensales en el transcurso de un ágape. El alcohol nos lo tomamos sin hacer demasiados distingos, no somos tampoco demasiado remilgados a la hora de la elección de los licores o los vinos. Y, cuando bebemos, lo hacemos -pienso yo- más para olvidar o meternos en juerga que por los placeres sensoriales que lo que hay dentro del vaso proporciona. Fumar, sí; fumar, fumamos como carreteros, mas... ¿eso es gula o desesperación?. Porque lo de las drogas -que también, cuando somos jóvenes, las consumimos a modo- estaría casi por asegurar que es pura desesperación.

ENVIDIA A mi juicio no es el de la envidia un pecado eminentemente nuestro o no -al menos- con esas dimensiones cuasiciclópeas que nosotros mismos pretendemos atribuirle. La envidia que predomina entre nosotros es doméstica, se rumia a solas, y presenta esta otra característica: no ambiciona en puridad la posesión de los bienes ajenos sino verdaderamente poder despojar de ellos a quien resulta ser su propietario. Se trata, entonces, de una envidia iconoclasta y torpe; infructuosa, destructiva; pero menos persistente y menos incisiva, a lo mejor, que la de otros pueblos. A la que por lo demás singulariza esta otra característica de la que tal vez convendría, asímismo, dejar acá cumplida nota: la de que el mérito y el esfuerzo del envidiado la espolean y su suerte o su trapacería, por contra, la apaciguan, de modo tal que más la despierta en sus convecinos el que se ha ganado los cuartos con el sudor de su frente que el que los ha obtenido por herencia, en las apuestas o cometiendo un desfalco. Respecto de este último, hasta incluso no está mal visto hacer alarde de admiración.

PEREZA No somos por estos aledaños -pienso yo- unos perezosos laborales sino que somos perezosos, más bien, en lo que al modo de emplear o gastar nuestro tiempo de ocio y esparcimiento atañe. O incluso, si me apuran, unos perezosos sensoriales. Y también somos, y las dudas que pueda tener sobre esto son mínimas, un tanto chapuzas. De forma tal que si en lo laboral, mal que bien, vamos tirandillo con nuestra diligencia -y aquí les castigo con otra mendacidad de las mías- en el ámbito de nuestra vida privada, de nuestro tiempo libre, nuestra escasísima estimación por las cosas bonitas y bien hechas nos lleva -eludiendo cualquier clase de criterio propio- a que más o menos nos dé todo -nos encanta afirmar de cualquier predilección que esta es una mera cuestión de gustos- casi, casi, lo mismo. Ello sin contar -algo que ya apunté al inicio del texto- con nuestra triste desidia a la hora de aprender, de querer aprender, y nuestras proverbiales -"¡qué inventen ellos!" proclamó hace hoy ya casi un siglo cierto generalote- incosistencia y falta de tesón a la hora de perfeccionar y poner en práctica lo ya aprendido.


Nótese que a lo largo del texto he omitido hacer cualquier referencia a España, a los españoles, y eso es porque mantengo mis serías dudas de que los naturales del país -españoles, todos ellos- compartan una única idiosincrasia. Y así de mi experiencia personal me cabe distinguir, en este sentido, cuatro áreas bien diferenciadas: una: Andalucia, dos: el litoral mediterráneo, tres: Canarias y cuatro: la meseta y aledaños (junto con el litoral cantábrico). Es justamente a estos últimos a los que conozco bien y, por ello, de los que aquí he venido hablando hasta ahora. ¿Qué muchas de mis opiniones serían extrapolables a las otras áreas geográficas?. Seguramente. ¿Que hay otras que en modo alguno podrían serlo?. Sin duda. Como también podría ocurrir que muchos de esos rasgos tan criticables, tan antipáticos, que no me ha importado advertir en mi ¿región? ¿país? ¿comarca? -¡qué más da!- no respondan a la verdad sino a la más recóndita de mis paranoias. ¡Muy bien!. Para eso, entre otras cosas, están todos ustedes, para sacarme de mis errores, para curarme. ¡Háganlo, no se corten!. Por favor.